Placa horizontal de FM LUZU 92.3 por el Día de la Radiodifusión Argentina, con imágenes históricas de los pioneros de 1920, el Teatro Coliseo y equipos de radio.: FM LUZU 92.3 conmemora el Día de la Radiodifusión Argentina, a 106 años de aquella histórica transmisión de 1920 realizada desde el Teatro Coliseo de Buenos Aires.

A 106 años de aquella transmisión que comenzó en una terraza del Teatro Coliseo, la historia de la radio argentina sigue siendo una historia de hombres jóvenes, curiosidad, medicina, música, cables, antenas y una enorme voluntad de hacer posible aquello que todavía parecía imposible.

Cuatro pioneros de la radiodifusión argentina, fotografiados juntos en los primeros años de la radio.
Los cuatro pioneros vinculados al nacimiento de la radiodifusión argentina. Su experiencia y entusiasmo por la radio fueron fundamentales para aquella histórica transmisión de 1920.

Hay noches que no parecen destinadas a cambiar la historia cuando comienzan. La del 27 de agosto de 1920 fue una de ellas. Buenos Aires seguía con su ritmo habitual y, mientras en el Teatro Coliseo se preparaba una función de ópera, en la terraza del edificio cuatro jóvenes trabajaban alrededor de un rudimentario equipo de transmisión. No tenían un estudio moderno, ni una red de emisoras, ni una audiencia esperando del otro lado. Tenían, en cambio, una obsesión que venía creciendo desde hacía años: conseguir que el sonido pudiera viajar por el aire y ser escuchado a distancia.

Fachada histórica del Teatro Coliseo de Buenos Aires, donde se realizó la primera transmisión de radiodifusión argentina el 27 de agosto de 1920.
El Teatro Coliseo fue el escenario de la histórica transmisión del 27 de agosto de 1920, cuando los pioneros de la radio emitieron Parsifal y dieron origen a la radiodifusión argentina.

A las nueve de la noche, Enrique Telémaco Susini se acercó al micrófono y pronunció las palabras que quedarían asociadas para siempre con el nacimiento de la radiodifusión argentina: “Señoras y señores: la Sociedad Radio Argentina les presenta hoy el Festival Sacro de Ricardo Wagner, Parsifal…”. Después de ese anuncio comenzó a transmitirse la obra de Richard Wagner, interpretada por artistas del Teatro Costanzi de Roma. La señal fue captada por los pocos oyentes que en aquel momento disponían de receptores adecuados, y las estimaciones oficiales hablan de menos de cien personas.

“Señoras y señores…”

Las primeras palabras pronunciadas frente a aquel micrófono quedaron grabadas para siempre en la historia de la comunicación argentina.

La transmisión anunció la presentación de la Sociedad Radio Argentina y el festival sacro de Richard Wagner.

Después llegó la música.

Puede parecer extraño imaginar que algo que hoy damos por sentado haya comenzado de una manera tan pequeña. Pero justamente allí reside una parte de la verdadera historia. La radio argentina no nació con millones de oyentes. Nació con un puñado de personas que se animaron a escuchar algo que todavía casi nadie podía escuchar.

Los protagonistas de aquella noche eran Enrique Susini, médico de 25 años, y sus amigos César José Guerrico, Luis Romero Carranza y Miguel Mujica, estudiantes de medicina de la Universidad de Buenos Aires. Eran jóvenes, pero la inquietud que los reunía no era solamente universitaria. Los cuatro eran radioaficionados y seguían con entusiasmo los avances de la telegrafía inalámbrica y de las experiencias de científicos como Heinrich Hertz, Ferdinand Braun y Guillermo Marconi.

Día Mundial del Radioaficionado: historia, vocación y servicio que conectó al mundo

Es muy pertinente porque la nota de la Radiodifusión cuenta que Susini, Guerrico, Romero Carranza y Mujica eran radioaficionados y que la experimentación con radio fue parte del camino que llevó a aquella transmisión de 1920. La nota de FM LUZU desarrolla justamente la historia de la radioafición y su evolución.

La historia había comenzado antes de aquella noche. En 1910, cuando Marconi visitó la Argentina y realizó experiencias de transmisión, aquellos jóvenes quedaron fascinados por las posibilidades de la nueva tecnología. Desde entonces comenzaron a experimentar con antenas y equipos y a seguir cuanto conocimiento pudieran conseguir. La Primera Guerra Mundial, lejos de apagar aquella curiosidad, terminó acercándolos todavía más al mundo de las comunicaciones. En 1917, Susini viajó a Francia por cuestiones relacionadas con la medicina y regresó con equipos de radio de cinco kilovatios que habían sido utilizados por el ejército francés.

Había también un componente de riesgo. Durante la guerra, las comunicaciones inalámbricas tenían una importancia estratégica y las autoridades observaban con desconfianza a quienes instalaban antenas y realizaban transmisiones. Luis Romero Carranza llegó a ser obligado a desmontar una antena que tenía en la terraza de su casa, en Libertad y Paraguay, porque se sospechaba que podía estar transmitiendo información a barcos alemanes. La radio, antes de convertirse en entretenimiento y compañía cotidiana, había sido también una tecnología asociada a la guerra, al secreto y a la comunicación a distancia.

Cuando llegó 1920, los cuatro amigos ya no eran simplemente jóvenes fascinados por una novedad tecnológica. Habían acumulado conocimientos, equipos y experiencia. Y también tenían una idea acerca de lo que querían hacer con aquello. Años después, Susini explicó que eran médicos interesados en los efectos eléctricos y, al mismo tiempo, radioaficionados, pero agregó algo que permite comprender mejor el espíritu de aquella aventura: “básicamente éramos personas imaginativas, amantes de la música y el teatro”. Según su propio relato, fue esa combinación la que los llevó a imaginar que la radio podía convertirse en un instrumento extraordinario para difundir cultura.

Enrique Telémaco Susini, uno de los pioneros de la radiodifusión argentina, junto a un micrófono y un texto durante una transmisión.
Enrique Telémaco Susini, médico, músico y radioaficionado, fue uno de los cuatro protagonistas de la histórica transmisión realizada el 27 de agosto de 1920 desde el Teatro Coliseo de Buenos Aires.

Por eso eligieron la ópera. No fue una transmisión improvisada de cualquier sonido que pudiera llegar al receptor. Eligieron una obra completa y la llevaron desde un teatro hasta quienes pudieran captarla mediante la radio. El equipo era rudimentario: un transmisor de apenas cinco vatios, una antena y un micrófono adaptado a partir de una bocina para sordos. Todo aquello fue instalado en la terraza del Coliseo.

Y funcionó.

Al día siguiente volvieron a transmitir. Llegaron Aída, Parsifal nuevamente e Iris, y poco después las emisiones comenzaron a extenderse a otros escenarios, incluido el Teatro Colón. La experiencia dejó de ser solamente un experimento y comenzó a transformarse en una emisora regular. Así nació Radio Argentina, identificada inicialmente con la licencia LOR, y con ella comenzó a tomar forma una nueva manera de acercar el arte, la información y la actualidad a los hogares.

Aquello fue apenas el comienzo. La radio incorporó noticias, transmisiones en directo y nuevos formatos. Los aparatos receptores comenzaron a ocupar un lugar dentro de las casas y, con el tiempo, la radio pasó a formar parte de la vida familiar. El receptor dejó de ser solamente una máquina para convertirse en un punto de encuentro: alrededor de él se escuchaban conciertos, noticias, relatos, transmisiones deportivas y, más adelante, los radioteatros que hicieron que generaciones enteras imaginaran personajes y escenarios sin necesidad de verlos. La documentación histórica de ENACOM señala que durante la década de 1920 la radio comenzó a desarrollar géneros propios, transmitir información, música, humor, publicidad y hasta cumplir una función educativa para los inmigrantes que aprendían la lengua de su nueva tierra.

La transformación fue enorme porque la radio consiguió algo que ninguna tecnología anterior había logrado de la misma manera: entrar en la intimidad de los hogares sin necesidad de pedir permiso. Una voz podía llegar a una cocina, a un dormitorio, a un comercio, a un automóvil o a una habitación donde alguien estaba solo. Podía informar sobre un acontecimiento que estaba ocurriendo a cientos de kilómetros y, al mismo tiempo, acompañar a una persona que simplemente necesitaba escuchar a alguien del otro lado.

Por eso la historia de la radio también es una historia humana.

No está hecha únicamente de transmisores, frecuencias y antenas. Está hecha de quienes hablan y de quienes escuchan. De los operadores que trabajan detrás del micrófono, de los periodistas que salen a buscar una noticia, de los locutores que ponen la voz, de los productores que preparan una emisión, de los técnicos que mantienen una señal al aire y de los oyentes que convierten una transmisión en un vínculo.

También está hecha de quienes estuvieron antes.

Los cuatro jóvenes que aquella noche subieron a la terraza del Coliseo no podían saber que su experimento iba a sobrevivir más de un siglo. Mucho menos podían imaginar la cantidad de tecnologías que vendrían después. La televisión, los transistores, las grabaciones, los satélites, Internet, las redes sociales, los teléfonos inteligentes y el streaming cambiarían para siempre la manera de producir y distribuir contenidos. La radio, sin embargo, no desapareció. Se transformó.

Y quizá allí esté una de las razones de su permanencia. La radio aprendió a cambiar de soporte sin perder aquello que la hizo diferente desde el comienzo: la posibilidad de construir una relación directa entre una voz y una persona que escucha.

Hay, además, una cuestión histórica que merece ser contada con honestidad. Con frecuencia se afirma que aquella transmisión argentina fue simplemente “la primera radio del mundo”. La realidad es algo más compleja. Existían experiencias anteriores de transmisión inalámbrica y distintos antecedentes internacionales. Incluso el propio Susini conocía la discusión y defendió la importancia de aquella experiencia argentina. En un testimonio posterior sostuvo: “le corresponde a la ciudad y al país la absoluta seguridad que la primera transmisión nuestra fue la primera del mundo en radiodifusión”.

La discusión histórica continúa, pero hay algo que resulta difícil de discutir: aquella transmisión del 27 de agosto de 1920 fue un acontecimiento pionero y tuvo una característica fundamental. No se trató simplemente de una prueba técnica. Fue la transmisión de una obra artística completa y dio origen a una continuidad organizada de emisiones. Esa condición explica por qué la fecha ocupa un lugar tan importante en la historia mundial de la radiodifusión y por qué la Argentina conmemora cada 27 de agosto el Día de la Radiodifusión.

Fotografía histórica de una transmisión radiofónica argentina con locutores, técnicos y trabajadores reunidos alrededor de un equipo de radio.
Una escena histórica de la radiodifusión argentina, con locutores, técnicos y colaboradores reunidos alrededor de los equipos de transmisión. La fotografía pertenece al Archivo General de la Nación.

Los destinos posteriores de aquellos cuatro hombres también muestran que la historia no terminó cuando se apagaron los equipos de aquella primera noche. Susini continuó ligado a la medicina, la música, el teatro, el cine y la televisión, y llegó a dirigir el Teatro Colón. Mujica fue médico y posteriormente ministro de Comunicaciones. Guerrico desarrolló una reconocida carrera médica y estuvo vinculado a Radio Splendid. Romero Carranza se dedicó a la radiología, desarrolló inventos relacionados con el sonido y participó en la industria cinematográfica.

La aventura de los cuatro “locos” terminó convirtiéndose en una industria, en una profesión y en una cultura. Pero quizás lo más interesante sea que, después de 106 años, todavía podemos reconocer algo de aquellos jóvenes en cada radio que decide abrir un micrófono y ponerse al aire.

Porque cada emisora tiene su propia historia y su propia razón de existir.

En Villa Luzuriaga, esa historia también tiene una frecuencia: FM LUZU 92.3.

Desde allí, una señal vuelve a hacer aquello que comenzó en una terraza de Buenos Aires: llevar una voz a través del aire y ponerla en contacto con alguien que está del otro lado. La tecnología ya no es aquella de 1920. Hoy una transmisión puede salir simultáneamente por frecuencia modulada, Internet, computadoras y teléfonos celulares. Pero el principio humano permanece intacto.

Alguien habla.

Alguien escucha.

Entre ambos existe una señal.

Y en ese pequeño puente invisible vuelve a aparecer la esencia de la radio.

Por eso celebrar este 27 de agosto no significa solamente recordar a Susini, Guerrico, Mujica y Romero Carranza. Significa reconocer una historia que atravesó generaciones y que todavía está viva. Significa recordar a quienes hicieron radio antes que nosotros y también a quienes hoy sostienen una emisora, una consola, un micrófono o una antena para que una voz no se apague.

En 1920 fueron cuatro jóvenes quienes se animaron a subir a una azotea.

Hoy, en Villa Luzuriaga, otros hombres y mujeres continúan aquella aventura desde un estudio, frente a un micrófono, con la misma pregunta esencial que probablemente estuvo detrás de aquella primera noche: qué puede ocurrir si una voz logra atravesar el aire y encontrar a alguien dispuesto a escucharla.

La respuesta la dio la historia.

La radio no solamente transmitió sonidos.

La radio construyó compañía, llevó información, acercó cultura, creó memoria y se convirtió en parte de la vida de millones de personas.

Y mientras exista alguien del otro lado de un receptor, de un parlante o de un teléfono esperando escuchar una voz, aquella transmisión de 1920 todavía no habrá terminado.

Porque la radio, en definitiva, nunca fue solamente una máquina. Fue siempre un encuentro entre personas.

Y 106 años después, ese encuentro sigue sucediendo.

En el Día de la Radiodifusión Argentina, celebramos a quienes hicieron posible esta historia, a quienes la continúan y, sobre todo, a quienes todos los días se encuentran con nosotros del otro lado de la señal.

Feliz Día de la Radiodifusión Argentina.

FM LUZU 92.3 — Más que una radio, somos parte de tu vida.

Fuentes consultadas

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