Autor: David Eldridge. Dirección: Daniel Veronese. Intérpretes: Vanesa González y Gastón Cocchiarale. Escenografía: Rodrigo González Garillo. Vestuario: Daniela Dearti. Iluminación: Marcelo Cuervo. Sala: El Picadero (Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857). Funciones: sábados a las 22 y domingos a las 18. Duración: 80 minutos. Nuestra opinión: muy buena.

Esta es una deliciosa comedia que podría resumirse así: “Es la historia de un chico separado y tierno pero con baja autoestima, y de una chica que después de una fiesta solo le pide un beso, aunque más tarde le confesará que le gustaría tener un hijo con él”. La pieza que David Eldridge (Londres, 1973) estrenó en 2017, en el auditorio Dorfman, del Teatro Nacional de Londres, es la síntesis perfecta entre la era MeToo y Tinder, en la que el hombre se vuelve tan temeroso de lo que dice y hace que termina impacientando a la chica que está perdidamente enamorada de él, o que en todo caso lo desea en ese instante, pero él se rehúsa, simplemente a una caricia, un beso, un abrazo. Como dice un refrán: “Del dicho al hecho, en el medio está el estrecho de Gibraltar”. Acá lo disfrutable es la ternura que desprenden estos personajes -a quienes uno quisiera tener de amigos-, que juntos y en la intimidad de un departamento de clase media profesional deciden bajar la guardia e ir más allá de lo políticamente correcto. Así, ambos se confiesan, desnudan su intimidad con asombrosas pinceladas de ingenio, que se desprende de diálogos, en apariencia pueriles, pero que no lo son. ¿Por qué? Porque su autor, David Eldridge, es un astuto heredero del Nick Hornby, el autor de Alta fidelidad, Funny Girl y tantos otros cautivadores relatos y films.

Comienzo (Beginning, su título original), es una perspicaz mezcla entre Bergman y Woody Allen, reciclados por una nueva generación y atravesados por los preceptos de las nuevas leyes de género. Estos personajes por instantes no saben cómo comunicarse, cómo acercarse y tocarse, para no herir u ofender al otro. Pero, luego, cuando las defensas bajan sus decibeles, luego de una noche de fiesta con alcohol, bajan la guardia y se sinceran. Sus palabras se transforman en una sutil y armoniosa danza en la que se mezclan la ternura, la intimidad y la soledad. Lo que no se dice en palabras se expresa exquisitamente, armoniosamente, en sus cuerpos, gracias al timing interpretativo de ambos protagonistas.

Sin golpes bajos

Antes hablamos de Bergman y Allen, pero cuidado, que aquí no aparece lo hiriente y tórrido del creador sueco, sino esos rasgos de una intimidad que se percibe en la piel, aunque los cuerpos de los intérpretes estén vestidos. Tampoco asoma el ácido ingenio de Allen de Dos extraños amantes, sino la sincera profundidad de que uno y otro piden, a gritos -sin elevar la voz-: ser comprendidos-. Mientras ella, sincera hasta la médula, deja su ego de lado y se permite conquistar al chico que desea, el varón se asusta y duda, no sabe qué hacer, se inquieta y se pone a limpiar los despojos de la fiesta.

Comienzo, una comedia sincera y deliciosa, con Vanesa González y Gastón Cocchiarale en sólidos papeles protagónicos

Esta es una comedia que hará despojar al espectador de todo convencionalismo y lo conducirá por el camino de las emociones más intensas. Eso sí, sin perder la suave ironía, ni esconder un estado de ansiedad palpitante, que nunca, felizmente, se transforma en histeria. Acá no hay gritos, hay susurros. Como ha dicho la mayoría de los críticos, esta pieza es una meditación sobre el amor, la necesidad de no estar solos de un hombre y una mujer, que se permiten soñar la felicidad. ¿Lo lograrán?

En este relato confesional, perspicaz y no exento de irónica picardía, Daniel Veronese, Vanesa González y Gastón Cocchiarale -excelentes cada uno en lo suyo- se distinguen. Lo mismo sucede en el rubro escenográfico, a cargo de Rodrigo González Garillo, que hace creíble ese departamento de dos ambientes. Juntos han construido un relato de una intimidad en el que parece que el espectador espía a los intérpretes por el ojo de una cerradura. De este modo el texto, los diálogos, las interpretaciones se convierten en una especie de sinfonía que alimenta el alma para continuar poniendo el cuerpo a un mundo que intenta destruir, más que construir, separar más que unir… Pero como el ser humano sigue siendo único se empecina, incluso en la adversidad, en intentar ser feliz.

Por fmluzucom