La economía argentina: Dosmilveintiuno Cambalache

Jun 11, 2021

Es sencillo comprenderlo. Aquí no hubo un punto y aparte, un auténtico nuevo “reset” fiscal al que pudiera etiquetárse con la vieja frase de las ruletas: “No va más”. Entonces, ahora hay que gastar tiempo y recursos en frenar una a una las previsibles expansiones de gasto público o reducciones de impuestos que con justa razón prácticamente muchísimos sectores reclaman. Guzmán está intentando por lo contrario, tratar de que el tema fiscal se comporte como una especie de juego de “mancha helada”, en el que cada sector, y en última instancia cada uno de nosotros permanezca inmóvil sin reclamar nada de nada y aguantar así la situación tal cual está presupuestada en una “ley de leyes” a la que en su momento nadie –ni siquiera el propio Guzmán– dio mayor trascendencia que la que se le da a un mero trámite administrativo. Queda claro entonces que Guzmán no es creíble cuando enuncia que persigue el equilibrio fiscal. Lo que persigue es contener la situación fiscal.

El equilibrio fiscal es algo que se supone que no puede ser meramente coyuntural, sino que debe ser tomado por la sociedad como algo permanente por largo tiempo. Por años. Por lo tanto, cada “parche fiscal” tiene el indeleble sello de su final anticipado y posiblemente desordenado en un mar de aumentos de precios. Y es muy lógico que así sea. Después de todo, ¿qué ordenamiento fiscal considerado permanente puede surgir de un punto de partida con una situación tanto en la recaudación tributaria como en los diferentes niveles de gasto público totalmente antojadizo? ¿Puede creerse un esquema antiinflacionario que tome como punto de partida fiscal el del momento de su implementación simplemente porque es el que cayó del cielo?

Pero si el pilar fiscal del esquema de Guzmán amenaza seriamente con irse a pique, no es el único en tal sentido. Otro de sus pilares fundamentales: las “metas de inflación” no le van en zaga en modo alguno. Guzmán había dicho poco antes de empezar a retrasar la devaluación del tipo de cambio oficial que la inflación iba a descender de a seis puntos porcentuales al año hasta llegar a niveles anuales de un solo dígito. Lo dijo sin ruborizarse siquiera, señal clara de que no estaba intentando sarasearnos, sino que realmente creía a pie juntillas en lo que pronosticaba.

Nadie en su momento le preguntó -quizás porque nadie tomaba muy en serio sus palabras- cuál era el designio del destino por el que la inflación iba a descender de a seis puntos anuales y no de a cinco, de a cuatro o de a ocho o a aumentar de a diez, o de a veinte. Y aunque pasó casi desapercibida esa declaración, debimos haberle dado todo el “high profile” que merecía, tanto para que empezaran a surgir los muy lógicos cuestionamientos como también para indicarle al ministro que no debía seguir tomándonos por estúpidos. Porque, ¿cómo es esta historia de que la inflación debe reducirse de a seis puntos porcentuales al año? ¿Basado en que información y proyecciones fiscales, monetarias y externas Guzmán pronosticaba eso? ¿Qué es esta costumbre de salir a anunciar al voleo proyecciones para varios años basados en la nada misma? ¿Se puede creer acaso que justo en Argentina –la cuna del tango Cambalache– va a haber algún operador económico tan despistado como para creer en anuncios que no tienen ton ni son?

Hubiera sido muy sano que cuando Guzmán dijera eso nos hubiéramos reído de lo lindo. Por lo menos eso hubiera impedido que el ministro haya utilizado esa increíble predicción inflacionaria para elaborar esta mala idea de esquema de retraso cambiario que implementó y que padecemos. Porque, seamos sinceros, ¿qué sentido tiene aplicar “inflation targeting” en un contexto donde la inflación es dos, tres, y hasta más de cuatro por ciento mensual? Ninguno.

El primer equipo económico del anterior gobierno se dio cuenta quizás ya demasiado tarde de que a una tasa de inflación de más del 20% anual era un enorme error andar haciendo calculitos acerca de si el próximo año la inflación debía ser cinco o siete o nueve puntos inferior al del año en curso. Cuando percibieron que ese había sido un pilar central con pies de barro de toda la política económica ya era demasiado tarde. Peña debió admitir esa realidad en aquel diciembre del 17 frente a la monumental terquedad de Sturzenegger. Pero la crisis ya estaba a la vuelta de la esquina.

Cuando un país aplica seriamente “inflation targets” es porque tiene una tasa de inflación alta pero que puede considerarse dentro de lo normal y quiere reducirla. Vale decir, con tasas de inflación de 5%, 8% y quizás –aunque no es seguro– hasta al 15% anual tiene sentido regirse por metas de inflación. Cuando la inflación supera ese nivel ya hay causas para sospechar que un gobierno que intenta efectuar “inflation targeting” está haciendo algo bastante más alarmante que mentirle a la sociedad. Se está mintiendo a sí mismo intentando tragarse la propia píldora que él mismo preparó para creer que realmente estaba diseñando un plan antiinflacionario. En realidad estaba fabricando algo que no era más que una fabulación cuyo consumo -si ya es peligroso para el público- ni qué decir entonces lo que puede ser para el propio Gobierno que está manejando al país.

En cuanto al tercer pilar del esquema de Guzmán: el retraso cambiario, ya nos hemos referido en estas páginas de manera extensa en el pasado. Para sintetizarlo, basta con decir que un país endeudado en dólares, que cíclicamente cae en defaults porque siempre anda sin reservas, que debe acudir al FMI en momentos en los que muy pocos países lo hacen, que hasta apetece de complejos y casi indesembolsables swaps de monedas de muy complicada conversión a dólar y hasta en el cual se deben realizar largos varios viajes oficiales para implorar personalmente a los miembros del Club de París –y hasta buscando la intersección del propio Papa- para que no cunda el enojo cuando con seguridad se les haga un gran corte de manga, es no solo una locura, sino también una burla a los acreedores, a nosotros mismos y hasta al propio Papa. Y mientras se viaja lamentándose de que no hay un solo dólar para pagar, se siguen contabilizando en las reservas más de 40.000 millones de dólares, aunque todos saben que las arcas están vacías. Mientras tanto, se le indica a quien tiene dólares que si los vende y los coloca en pesos va a ganar el 3% mensual en dólares. Un país en el que Estado suele defaultear y confiscar pretende tener el status de paraíso financiero.

En resumidas cuentas, el esquema de retraso cambiario de Guzmán, no es un plan. Va progresivamente a un dólar barato que por el momento solo es mantenible por el alto precio internacional de la soja y la expectativa de altísimas ganancias en dólares para quienes tienen pesos depositados. A este dólar a la industria cada vez le cuesta más exportar, al sector servicios también y hasta las actividades relacionadas con las manufacturas agropecuarias se complican. A esos sectores Guzmán solo les promete sangre, sudor y lágrimas. A quienes vendan dólares en cambio…. 38% anual en dólares… Así, Argentina basa progresivamente a cara o cruz su estabilidad y su crecimiento en la soja y en las ganancias financieras. Vamos a un rarísimo modelo de peronismo agropecuario de raíz rentista. O a un populismo de corte banquero-latifundista. O a un progresismo intelectual financiero con base sojera. A un modelo digno de los tangos de Discépolo.

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Walter Graziano y Asociados

macroeconomía – finanzas –
inversiones – situación política –
charlas individuales o en empresas

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