Héroe de Malvinas: el único argentino enterrado en las Islas Georgias que murió por un “error trágico” de un soldado inglés

May 11, 2022

FUENTE: INFOBAE

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Félix Oscar Artuso tenía 36 años cuando la mañana del lunes 26 de abril de 1982 fue asesinado por un marine británico mientras intentaba que el submarino ARA Santa Fe no se hundiera en las costas del archipiélago del Atlántico Sur. Su historia, la historia de su trágica muerte y la historia incompleta de sus tres hijos que aún sueñan con visitar la tumba de su padre

El submarinista del ARA Santa Fe, Félix Artuso, partió hacia la guerra intuyendo que no iba a volver. Murió en las Georgias y su cuerpo fue sepultado allí con todos los honoresEl submarinista del ARA Santa Fe, Félix Artuso, partió hacia la guerra intuyendo que no iba a volver. Murió en las Georgias y su cuerpo fue sepultado allí con todos los honores

Hay una bahía en el Atlántico Sur que no tenía nombre. Se escondía en la unión de otras dos bahías: la Stromness y la Cumberland, en la punta norte del centro de la isla San Pedro, la principal del archipiélago Georgias del Sur. La mañana del lunes 26 de abril de 1982 un “error trágico” de un ciudadano británico derivó en su nomenclatura: la ejecución del submarinista argentino de 36 años Felix Oscar Artuso en la concavidad marítima que por ese entonces no se llamaba Bahía Artuso.

Siete días antes de su muerte, el suboficial principal se despidió de su mujer Alicia, quien por entonces tenía 29 años, y de sus tres hijos Cristian, de 8 años, Karina, de 6, y Carolina, de 2. 24 días antes de su muerte, tropas argentinas habían puesto pie en las Islas Malvinas dando inicio a una guerra inverosímil. Por eso, a Cristian, su hijo mayor y su hijo varón, tuvo que hablarle a solas: “Hijo, me voy a la guerra. Tomá mi espada. Sé que no voy a volver”.

Su premonición habilitó a su hijo a intentar retenerlo. Quiso tirar las llaves del auto por la ventana para evitar que se marchara, pero su padre lo neutralizó: Artuso amaba a la Armada y el noble y viejo submarino Santa Fe era su vida. La familia vivía en un complejo de edificios de la Marina, cerca de la Base Naval Mar del Plata. Cristian abrazó a su madre, sabía que sería imposible disuadirlo para que se quedara con ellos. Estalló en llanto y, asomado a la ventana, vio a su padre alejarse. Artuso lo saludaba desde el auto. Esa última interacción entre ellos aflora, antojadiza y punzante, una y otra vez.Félix Artuso tenía entonces 36 años y era maquinista naval con especialidad en submarinos. Su esposa, Alicia, tenía 29 años cuando quedó viudaFélix Artuso tenía entonces 36 años y era maquinista naval con especialidad en submarinos. Su esposa, Alicia, tenía 29 años cuando quedó viuda

El submarino S-21 ARA Santa Fe zarpó hacia Georgias desde la Base Naval Mar del Plata el lunes 19 de abril a las 23:30, según detallaron los hijos de Félix Artuso en diálogo con Infobae para recrear la historia completa sin tergiversaciones. El submarinista era mecánico naval de profesión: conocía en profundidad el estado del viejo submarino americano, del tipo Guppy II, que había combatido en la Segunda Guerra Mundial y prestaba servicio desde hacía cuarenta años.

Había sido comprado a la armada americana junto a su gemelo, el S-22 ARA Santiago del Estero. Este último, ya había pasado a retiro. Al año siguiente también lo haría el Santa Fe, ya que llegarían otros dos nuevos sumergibles de Alemania: los nuevos TR 1700 interoceánicos, el ARA San Juan y su gemelo, el ARA Santa Cruz. Las baterías del Santa Fe estaban obsoletas, por lo que el tiempo habilitado para la inmersión era reducido. Aunque todavía le quedaba una última batalla por librar en una guerra precipitada. Comandada por el capitán de Corbeta Horacio Bicain, el Santa Fe llevaba torpedos, cuatro toneladas de víveres y armamento.

Tenía como misión desembarcar a un grupo de infantes de marina como refuerzo al personal existente en la ex estación ballenera de Grytviken, en la isla San Pedro. Debía luego esconderse en alguna caleta alejada, en posición defensiva, a la espera de instrucciones. Tenía la orden expresa de no abrir fuego, a menos que la flota inglesa lo atacara primero.Los ingleses temían que los argentinos sabotearan el Santa Fe que estaba cargado de explosivos. El capitán de Corbeta Horacio Bicain incluso reconoció que uno de los planes era hundirlo
Los ingleses temían que los argentinos sabotearan el Santa Fe que estaba cargado de explosivos. El capitán de Corbeta Horacio Bicain incluso reconoció que uno de los planes era hundirlo

Casi al llegar a las Georgias el buque fue advertido que la marina inglesa que operaba en la zona. La dotación lo comprobó a través de los rumores hidrofónicos en sus sonares. Bicain dio entonces la orden de que un buque requisado a los ingleses por militares argentinos en las Islas Georgias trasladara a tierra a los infantes durante la noche. Atracar en puerto para el Santa Fe suponía ser blanco fácil para un bombardeo. Desembarcados los infantes, el buque navegó en superficie en busca de una caleta donde poder ir a inmersión con la consabida restricción del tiempo para sumergirse.

Las formaciones rocosas de los fondos marinos constituían una amenaza: la nave podía encallar y naufragar. “Mi problema no eran los ingleses sino las piedras”, relató Bicain en un video publicado por la Armada Argentina en abril de 2017. En eso pensaba cuando de repente, un helicóptero Wessex inglés, que salió de entre las nubes, descargó dos bombas de profundidad que impactaron cerca de la popa del Santa Fe. “La primera reacción fue buscar aguas más profundas pero era un suicidio: tenía el punto exacto de donde estábamos, teníamos al helicóptero colgado encima nuestro”, narró el comandante.

El fuerte estallido sacudió a la nave, inhabilitó instrumental y les imposibilitó la inmersión. Minutos después, aparecieron otros dos helicópteros ingleses Sea Lynx que, insistentemente, lo volvieron a atacar. Los marinos argentinos creían que eran cuatro helicópteros los que los atacaban, pero el número era aún mayor. Hubo respuesta: al menos cuatro hombres repelieron el fuego inglés con fusiles Fal desde la torreta. Pero uno de los helicópteros lanzó un misil que atravesó la vela del submarino.El entierro del submarinista del ARA Santa Fe Félix Artuso con todos los honores en la Isla San Pedro, la principal del archipiélago de las Islas GeorgiasEl entierro del submarinista del ARA Santa Fe Félix Artuso con todos los honores en la Isla San Pedro, la principal del archipiélago de las Islas Georgias

El suboficial mayor Jorge Ghiglione era uno de los que estaban repeliendo el ataque: “En un momento dado veo a lo lejos un puntito negro sobre el horizonte. Del puntito negro sale una estela, también sale humo. Era un misil que nos estaban tirando. Alguien gritó en ese momento que se venía el misil encima nuestro. Lo único que atiné a hacer fue quedarme paradito donde estaba. Yo con la vista seguía la trayectoria y veo cuando entra a dos metros de donde estaba parado sobre la vela. Se prende fuego todo”.

Recordó, a su vez, que en ese momento el cabo segundo Alberto Macías estaba descendiendo por la escalera. Una esquirla impactó en una de sus piernas, la que luego debieron amputarla. En ese interminable bombardeo, el reloj Seiko de Félix Artuso se golpeó y se detuvo para siempre. El vidrio roto del visor mostró la fecha y la hora exacta del impacto de las bombas: 25 de abril a las 5:43 de la mañana.

El Capitán de Fragata Bicain consiguió amarrar el submarino en el muelle de Grytviken, una vez que cesaron los ataques. Artuso no había sufrido un rasguño, salvo por su reloj. Pero el hostigamiento estaba latente. Cuatro naves inglesas rodearon el área. La “Operación Paraquet”, según la denominación inglesa, era muy superior en cantidad de hombres, armamento, sofisticación y buques. La “Operación Georgias” argentina había fracasado. El grupo fue llevado a una base científica, la Shackleton House, en honor al célebre explorador polar irlandés Sir Ernest Henry Shackleton. A las cuatro y media de la tarde, se ordenó la rendición de la tropa nacional.El submarino no podía sumergirse por mucho tiempo porque sus baterías estaban obsoletas y tras el bombardeo se inclinaba a estribor; había que nivelarlo, tarea que los ingleses le encargaron a la maquinista Félix ArtusoEl submarino no podía sumergirse por mucho tiempo porque sus baterías estaban obsoletas y tras el bombardeo se inclinaba a estribor; había que nivelarlo, tarea que los ingleses le encargaron a la maquinista Félix Artuso

Fuimos todos caminando hacia donde estaba el mástil. Se cantó el himno y se arrió el pabellón”, contó Ghiglione, emocionado. “Cantamos a capela el himno nacional y arriamos el pabellón argentino. Eso fue algo que recuerdo bien, muy fuerte fue”, rememoró mientras con el puño se golpeaba el pecho el comandante Bicain. Después, los hombres del ARA Santa Fe cayeron prisioneros en manos británicas.

El lunes 26 de abril de 1982 el capitán John Coward, del destructor HMS Brilliant, convocó al capitán de fragata para solicitarle que moviera el submarino del muelle para llevarlo al sector de factoría. Los británicos consideraban altamente probable y peligroso que el submarino argentino generara una explosión: estaba averiado, cargaba torpedos y podría haber fugas de gases e hidrógeno. Obstruía, además, el único muelle que los ingleses creían operable en Grytviken, y necesitaban despejarlo para atracar sus buques. Temían, además, que los argentinos sabotearan al Santa Fe, cargado de explosivos. El mismo Bicain lo reconoció en el video de la Armada: “En un cruce con Michelis (Germán Horacio Michelis Roldán, capitán de navío) hablamos para aprovechar para abrir las válvulas de inundación”.

Bicain designó a seis hombres, entre ellos, al maquinista Félix Artuso. Los seis marinos, fuertemente custodiados por infantes británicos armados con pistolas Browning 9mm, tomaron sus posiciones, y siguieron las instrucciones que el capitán Bicain les impartía desde cubierta. “Yo fui con Coward y con un teniente de navío con una ametrelladora apuntándome. Yo le dije que él hiciera la maniobra y que lo único que iba a hacer era traducir las órdenes que él daba al timonel, a los de las máquinas”, reportó el comandante.Cristian, Carolina y Karina mostraron los tesoros y fotos de su padre, Félix, muerto en las Georgias. Atrás, la base de submarinos en Mar del Plata (Fabián Gastiarena)Cristian, Carolina y Karina mostraron los tesoros y fotos de su padre, Félix, muerto en las Georgias. Atrás, la base de submarinos en Mar del Plata (Fabián Gastiarena)

El cabo inglés, que custodiaba a Artuso, poco entendía de submarinos. Pero el capitán Coward, que era submarinista, le había advertido que Artuso no debía bajo ningún concepto accionar las válvulas de un costado del buque. Pero a medida que el submarino comenzó a navegar empopado por las averías, también empezó a escorarse. Bicain, a través de un intercomunicador, le ordenó a Artuso que soplara los tanques de aire para reflotar y estabilizar el buque. La maniobra implicaba movimientos rápidos y certeros a babor y estribor en la sala de máquinas.

El custodio entró en pánico y pensó que Artuso intentaba hundir al submarino. Sin mediar palabra, descargó su pistola Browning sobre el maquinista. Entre cuatro y seis tiros impactaron en el pecho y la cabeza del maquinista naval. En medio de un ataque de nervios, el inglés corrió a cubierta al grito de: “We are sinking! “We are sinking!” (¡Nos estamos hundiendo!). Y efectuó disparos al aire en señal de auxilio. Sin embargo, nada malo sucedía. Artuso había operado las válvulas correctamente y el Santa Fe restableció su flotabilidad.

“Mi padre murió instantáneamente y fue sepultado con todos los honores militares en Grytviken. El comandante Bicain presidió la ceremonia, a la que también asistió Coward”, relata con templanza Cristian.Cementerio de Grytviken, donde descansan los restos del único héroe argentino enterrado en las Georgias. Hace años un profesor canadiense que corría la Regata Shackleton se ofreció a llevar un arreglo floral imperecedero confeccionado por la familia y lo colocaron en la lápida
Cementerio de Grytviken, donde descansan los restos del único héroe argentino enterrado en las Georgias. Hace años un profesor canadiense que corría la Regata Shackleton se ofreció a llevar un arreglo floral imperecedero confeccionado por la familia y lo colocaron en la lápida

El nombre del marine inglés que mató a Artuso fue resguardado por los altos mandos británicos y nunca trascendió: no hay ningún libro de historia que revelara su identidad. Algunos testigos lo describieron rubio, de ojos claros, altura promedio, de 20 años. La Royal Navy caratuló el hecho como un “error trágico”, como un evento desafortunado y no como lo que fue: un crimen de guerra.

Alicia, la viuda de Artuso, murió sin poder jamás llevar una flor al sepulcro de su esposo. Vicenta, la madre del suboficial, falleció de tristeza. Josefina, la hermana de Félix, viajó por más de treinta años desde Mar del Plata a Buenos Aires de la mano de sus dos sobrinos mayores para tocar infranqueables puertas de ministerios y rogarles a las distintas autoridades de los sucesivos gobiernos que los ayudaran a concretar un desvelo: depositar una ofrenda floral en la tumba de su padre. También murió sin poder despedir a su hermano.

Hubo, años después, un profesor de una universidad canadiense que junto a sus alumnos corrían la Regata Shackleton y que insospechadamente conocían la historia de Artuso. Se ofrecieron a llevar un arreglo floral imperecedero confeccionado por la familia y lo colocaron en la lápida. Finalizada la regata, los canadienses retornaron a Mar Del Plata y le entregaron a Cristian, Karina y Carolina tres piedritas del sepulcro: una para cada hermano. “El único contacto que tuve con la tumba de mi padre son estas tres piedras y la foto de su sepulcro con el arreglo floral que en un gran gesto humanitario llevaron los canadienses”, resumió el hijo del único argentino enterrado en las Islas Georgias.

Van cuarenta años de espera. Sus hijos aún sueñan con visitar la tumba D9 del cementerio de Grytviken, donde yacen los restos de su padre. El reconocimiento le vino en forma una medalla que dice “La Nación argentina al muerto en combate”, la declaración de héroe nacional por la ley 24.950, promulgada el 3 de abril de 1998, el Jardín De Infantes Nº 934 “Suboficial Félix Oscar Artuso” de Mar del Plata, por la resolución 1.755 de 2010 de la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires, y la Bahía Artuso, donde el suboficial fue asesinado y donde el ARA Santa FE se hundió luego que de la marina británica intentara remolcarlo para convertirlo en trofeo de guerra.

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