Luis Gotte
La trinchera bonaerense
Argentina atraviesa una etapa de sometimiento ideológico, económico y cultural que no difiere en lo esencial del viejo colonialismo del S.XIX. Hoy no nos gobiernan virreyes, sino tecnócratas disfrazados de libertarios que actúan como gerentes locales de los intereses del capital extranjero. Lo que estamos viviendo no es otra cosa que la institucionalización de un nuevo estatuto del coloniaje.
Este coloniaje no se impone con cañones ni invasiones. Se presenta como «ajuste necesario», como «destrucción del Estado», como «libertad económica». Su estrategia es más perversa: busca destruir los vínculos de comunidad, deslegitimar toda noción de soberanía y convencer al pueblo de que su destino es estar solo, exportar materias primas, resignarse a no tener industria propia, y aplaudir al extranjero que nos roba mientras sonríe.
El actual gobierno nacional, no es una anomalía. Es la consecuencia lógica de décadas de desindustrialización planificada, saqueo organizado y destrucción sistemática del pensamiento nacional. Su admiración pública por Margaret Thatcher -la asesina de nuestros soldados en Malvinas- no es un exabrupto: es la confesión brutal de un programa entreguista sin tapujos. Se llama «libertad», pero es servidumbre voluntaria al capital financiero y a los mandatos del Norte Global.
Este nuevo coloniaje impone una matriz jurídica, educativa y económica funcional a la dependencia. Donde se pretende dinamitar el marco legal del Estado nacional, las reformas que debilitan la legislación laboral, la entrega de los recursos estratégicos como el litio o Vaca Muerta a empresas extranjeras, no son medidas aisladas. Son parte de un diseño estructural: disolver la Nación como sujeto histórico, como proyecto autónomo y como comunidad organizada.
La política, bajo este nuevo régimen, ha dejado de ser herramienta de transformación para convertirse en simple administradora de miseria. El Congreso nacional y las legislaturas provinciales se han transformado en oficinas notariales de intereses ajenos a los del pueblo, y desde hace décadas. Los partidos políticos tradicionales, vaciados de ideología, asisten como convidados de piedra al vaciamiento de la República.
Ante este panorama, nuestro pueblo tiene una tarea urgente: resistir, pensar y reconstruir. Resistir no es sólo protestar. Es organizarse. Es recuperar el sentido de comunidad. Es volver a leer a los nuestros: a Scalabrini, a Jauretche, a Perón, a Sampay. Es recordar que la soberanía no se mendiga, se constituye. Que la Patria no se vende, se defiende.
Debemos advertir que este nuevo estatuto del coloniaje no será derrotado con tibiezas, ni con neutralidades cómodas. Requiere de una nueva generación de patriotas -no de burócratas- dispuestos a dar la batalla en todos los frentes: el político, el cultural, el económico y el espiritual…es una batalla con tiempo.
La Argentina no está condenada al fracaso. Está siendo conducida al fracaso por quienes renunciaron a creer en ella. Pero todavía hay millones que no se resignan. Que no entregan su conciencia a cambio de 30 monedas. Que siguen viendo en la bandera azul y blanca una promesa de justicia social, soberanía política e independencia económica.
Como dijo Eva Perón, «la patria dejará de ser colonia o la bandera flameará sobre sus ruinas». El dilema vuelve a estar planteado. Y esta vez, no hay margen para la indiferencia. O reconstruimos una Nación libre o terminaremos siendo una factoría al servicio de intereses globales.
El nuevo estatuto del coloniaje no se combate con tecnicismos. Se combate con doctrina, con organización, con unidad nacional, con coraje militante y con amor al pueblo. Porque la historia está hecha de decisiones. Y la nuestra exige, hoy más que nunca, una decisión urgente por la Patria.