Las señales de alerta han sido demasiado abundantes y el propio sistema político que hoy tiembla como una hoja es culpable de haberlas dejado pasar, aceitado por lobbies persuasivos.

Por no ir más profundamente ni más lejos, cabría mencionar algunas de esas luces de amarillo subido, como los repetidos tiroteos en escuelas, los atentados contra políticos y hasta las agresiones a clínicas donde se realizan abortos.

Asimismo, se debería mencionar el golpe terrorista en un edificio federal en Oklahoma City en 1995 por parte del supremacista Timothy McVeigh, que dejó 168 muertos y cientos de heridos.

Es ineludible también recordar el permanente recurso de las policías estaduales al gatillo fácil, especialmente contra los afroestadounidenses, permanentemente ignorado por un aparato judicial que nunca encuentra culpables, como ocurrió esta misma semana, en la que resultaron absueltos todos los efectivos implicados en la balacera que recibió, hasta quedar paralítico, Jacob Blake: los siete disparos por la espalda no fueron uso excesivo de la fuerza.

Estados Unidos se revuelve cuando, cada cierta cantidad de años, los tiroteados se manifiestan y, en algunos casos, agreden, destruyen, queman y saquean. Esa ira se aplaca luego, siempre, en medio de promesas de reforma que nunca llegan. Recuperar edificios parece más accesible para las instituciones que tomar la responsabilidad de cuidar a las personas.

El sentido común de la nueva ultraderecha que, insólitamente, se dice liberal –bautizada, con onda, alt right y que cuenta con inquietantes capítulos sudamericanos– estimula el odio a un comunismo que ya no existe, al “progre”, al negro, al pobre y a las personas diversas en género y orientación sexual. Fue sostenido y nutrido desde dentro de las instituciones, no solo por parte de Trump, que hoy mismo arengó a los suyos en la calle al prometerles que jamás reconocerá su derrota electoral, sino también desde el propio Congreso avasallado, donde varios senadores del ala derecha del Partido Republicano aportaron al desconocimiento de la Constitución, del último proceso electoral, de las leyes federales y estaduales y, en definitiva, de la propia democracia indirecta que rige en Estados Unidos.

Así, el asalto al Congreso, la interrupción de la consagración de Joe Biden, la captura payasesca del estrado, la circulación de gente armada en su interior, la evacuación de los legisladores, el uso de máscaras antigás, los choques con la policía, el pedido desesperado de refuerzos y el toque de queda en Washington son, en un sentido bastante literal, un resultado esperable.

“Les pido a todos que permanezcan en paz en el Capitolio de los Estados Unidos. ¡Sin violencia! Recuerden, NOSOTROS somos el Partido de la Ley y el Orden: respeten la Ley y a nuestros grandes hombres y mujeres de Azul. ¡Gracias!”, dijo Trump en Twitter, en medio del caos, con su habitual desprecio por la gramática. Está bien: esos son detalles menores. Con su desafío institucional, el hombre que alguna vez mimó a los supremacistas del movimiento Proud Boys y hasta al Ku Klux Klan, acaba de intentar un golpe de Estado, una sedición.

Acaso su destino sea, más que permanecer a la fuerza en el Despacho Oval, una cárcel común. El de Biden, en tanto, será gobernar un país que se ha salido de control.

Por fmluzucom

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