Argentina, un país que alguna vez supo tener la red ferroviaria más extensa de América Latina, hoy transita —literal y metafóricamente— por caminos llenos de baches. La historia de nuestro transporte es también la historia de su desmantelamiento: la clausura de ramales, la entrega del patrimonio y la corrupción enquistada en cada kilómetro de asfalto y vía.
Por Edgardo P. García Meza
Hubo un tiempo en que los trenes unían pueblos, movían cosechas y transportaban mercancías pesadas con eficiencia. Desde la década de 1940 hasta principios de los 60, el ferrocarril era columna vertebral de la economía. Pero, a partir de los años 70, comenzó un proceso de abandono, desinversión y cierre de ramales, acelerado en los 90 con el llamado “Plan de racionalización”, que en realidad significó un brutal desguace.

Miles de kilómetros de vías quedaron oxidados bajo el pasto. Las estaciones se convirtieron en ruinas, y con ellas desapareció la posibilidad de trasladar millones de toneladas de carga pesada por tren. La consecuencia inmediata: un éxodo de la carga hacia las rutas.
El factor natural que favorece el desarrollo ferroviario es la distancia, por su mayor capacidad
de carga y, dado que los costos de explotación no son directamente proporcionales a la distancia
recorrida, es un medio de transporte ideal para largos recorridos y para el transporte masivo de
materias primas. Un tren operativo de 1200 toneladas equivale a 50 camiones.
Las carreteras argentinas, muchas trazadas en los años 50 y 60, fueron diseñadas para un tránsito liviano, no para soportar un flujo incesante de camiones bitrenes y semirremolques cargados hasta el límite. El resultado es visible: grietas profundas, banquinas erosionadas, capas de asfalto levantadas y tramos convertidos en trampas mortales.

La sobrecarga aceleró un deterioro que no se corrige con parches. A pesar de los millonarios presupuestos asignados año tras año, la reparación real nunca llega o llega mal hecha. Las empresas contratistas cobran por obras incompletas o de pésima calidad, bajo la mirada cómplice de organismos de control que parecen más interesados en sellar expedientes que en garantizar rutas seguras.

Las licitaciones direccionadas, las obras fantasma y los sobreprecios son una constante en la obra pública vial. El esquema es siempre el mismo: contrato inflado, avance inicial para la foto, abandono paulatino y renegociación millonaria. Mientras tanto, los usuarios pagan el costo más alto: vidas perdidas en accidentes que podrían evitarse y un transporte cada vez más caro.

El deterioro vial no solo es un problema de seguridad, sino también un lastre para la economía. Cada bache multiplica el desgaste de los vehículos, encarece los fletes y reduce la competitividad de las economías regionales. El abandono del ferrocarril obligó a que casi toda la producción pesada viaje por ruta, encareciendo la logística en un país donde las distancias son enormes.

Si la Argentina quiere recuperar su competitividad y garantizar la seguridad de su gente, debe entender que rutas y trenes no son rivales, sino aliados. Sin una red ferroviaria sólida, nuestras carreteras seguirán colapsando; sin rutas en buen estado, los trenes no podrán suplir todas las necesidades.
El dilema es simple: o seguimos parchando una red vial que se desangra, o encaramos una política de transporte integral, honesta y planificada, que devuelva al tren su rol y que saque la obra pública de las garras de la corrupción.

Porque detrás de cada bache hay una historia, y detrás de cada historia, un responsable con nombre y apellido.
Línea de tiempo: del esplendor al abandono
- 1857 – Inauguración del primer ferrocarril argentino, “La Porteña”.
- 1914 – Argentina alcanza la red ferroviaria más extensa de América Latina: más de 47.000 km de vías.
- 1948 – Nacionalización de los ferrocarriles bajo el gobierno de Juan Domingo Perón.
- 1970-1980 – Comienza el cierre progresivo de ramales por desinversión.
- 1982 – Movilización masiva de tropas y material hacia la Patagonia durante la Guerra de Malvinas, con apoyo crucial del ferrocarril.
- 1990-1993 – “Plan de racionalización” y privatización: cierre de miles de kilómetros de vías.
- 2000 en adelante – Intentos parciales de reactivación, sin un plan integral.
- 2020-2025 – Persisten rutas colapsadas por sobrecarga y una red ferroviaria limitada, incapaz de absorber el transporte pesado
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