Javier Milei estaba extasiado en el cuartel del Profesor X. Como Wolverine, el superhéroe de Marvel con el que él se identifica, su sueño de cambiar el país y el mundo parecía menos fantástico al reunirse con su admirado Elon Musk. El paso siguiente era subirse a un cazabombardero. Más de película no podía ser.

Sin embargo, los nuevos tambores de guerra que resuenan en el mundo interrumpieron el sueño y lo bajaron a tierra, de golpe.

El anunciado ataque de Irán a Israel lo obligó a volver al país y alterar la gira personal que iba a tener su cuota de agenda pública en Dinamarca. El brutal ataque iraní lo llevó de pronto a enfrentarse con una realidad que es más compleja, menos lineal y más amplia que esa de los números y las ecuaciones en la que a él le gusta enfocarse.

Milei recibió al embajador de Israel para analizar con su Gabinete las consecuencias del ataque de Irán

Tiene lógica la contradicción entre el deseo y la cotidianidad. En el terreno doméstico los iniciales logros económicos de su gestión (como el nuevo dato del Indec confirmatorio del sendero descendente de la inflación) le permiten alimentar la ilusión de avanzar sin mayor resistencia y con su popularidad intacta. A pesar de estar realizando “el ajuste más grande la historia de la humanidad”, según su propia definición llena de orgullo.

Todo lo demás son para el Presidente y para muchos dirigentes políticos, empresarios, economistas y analistas apenas tropiezos coyunturales.

El Gobierno solo encuentra en el resto de la dirigencia política que no se le cuadra un vacío conceptual y programático, que se traduce en confusión y reacciones inorgánicas o intempestivas que siempre terminan fortaleciéndolo antes que afectándolo.

Son argumentos suficientes para que Milei no imagine más límites que el cielo. Hasta que aparecen factores concretos y reales de una institucionalidad aún en pie, como el Congreso y el Poder Judicial, que le ponen frenos y obligan a revisar métodos.

Es ahí y no en la disputa política donde el Gobierno tiene los desafíos más complejos, junto con la creciente inestabilidad mundial, que en los próximos días pondrán a prueba su poder (o sus ansiados superpoderes) y también sus aptitudes como jefe del Estado.

Un vistazo a la oposición justifica las optimistas conclusiones oficialistas: Cristina Kirchner y Mauricio Macri siguen siendo las referencias centrales de los principales espacios políticos al margen del oficialismo. Es un dato más que significativo. Los dos expresidentes, que no han podido o no se han animado siquiera a intentar una nueva candidatura presidencial, se proponen y se constituyen como anclas de sus flotas a la deriva.

Los expresidentes resuelven así una necesidad propia y de los suyos, al mismo tiempo que agudizan los problemas que tienen hoy sus fuerzas políticas. Las anclas no permiten moverse y menos avanzar. Pero no solo eso.

La referencias que Macri y Cristina Kirchner imponen también operan como tapones. Nada puede surgir debajo de ellos. Mientras tanto, Milei y los suyos pescan en lo que hay debajo de esas naves insignia y horadan los cascos. Legisladores, gobernadores, dirigentes y cuadros técnicos cambiemitas y peronistas pueden dar fe.

Las voces que han vuelto a salir de Pro después de un tiempo de silencio exponen el estado de confusión y dificultad de comprensión o adaptación al momento en el caso de los más escépticos o críticos del Gobierno. Así como la disposición a la coptación (o abducción) mileísta de los más optimistas respecto de la performance del Gobierno.

El ruidoso silencio opositor

En ningún caso ofrecen un sendero diferenciador de construcción propia. Ninguno se anima a manifestarse con contundencia y claridad siquiera sobre situaciones que deberían motivar su reacción por poner en juego valores o principios sobre los que habían basado su posicionamiento político, como la independencia y la transparencia judicial o la libertad de prensa.

La tolerancia y el silencio expuestos por la mayoría cambiemita ante la postulación presidencial del más que cuestionado juez Ariel Lijo para integrar la Corte Suprema o ante los reiterados y crecientes ataques e insultos al periodismo crítico y actos de censura por parte del Presidente y su espacio son más que botones de muestra.

Tanto es el vacío que en el terreno de la libertad de expresión intentó ocupar el espacio de su defensa el expresidente Alberto Fernández en su regreso a la escena pública, en medio de escándalos de corrupción que por primera vez lo salpican personalmente.

Todo es posible, aunque no todo resulte creíble. Por eso, la autenticidad de Milei paga aunque sea políticamente tan incorrecta. O tal vez, precisamente, se deba a eso mismo su popularidad hasta ahora inoxidable.

Horacio Rodríguez Larreta, que reapareció el lunes pasado en un encuentro organizado por el Instituto de Estudios Latinoamericanos (ILAS) de la Universidad de Columbia, y su excoequiper Diego Santilli, en las entrevistas que brindó, expusieron con claridad las dos posiciones que habitan en el agrietado submarino amarillo.

El exjefe de gobierno porteño no negó el vacío opositor sino que lo subrayó, consolándose, en un paralelismo voluntarista, con lo ocurrido tras la llegada al poder de Cambiemos, en 2015. “En los primeros tres meses de nuestro gobierno la oposición estaba igual o más fragmentada que ahora”, dijo, y abundó con la afirmación de que entonces el peronismo no solo estaba dividido entre kirchneristas y massistas, sino que varios dirigentes y legisladores se independizaron y colaboraron con el oficialismo macrista.

Pero tal vez, lo más relevante, fue lo que agregó: “Es cierto que hoy no hay nada del otro lado, pero no estamos en un momento electoral y el Gobierno no compite contra una fuerza política sino con la realidad, que tiene que cambiar. Por lo que no importa tanto lo que digan las encuestas. Lo que necesita Milei hoy es a 270 personas que le voten las leyes en el Congreso”. Tras lo cual, afirmó que hasta ahora el Gobierno solo obtuvo logros de corto plazo, de baja sustentabilidad.

En esa supuesta inviabilidad o fragilidad de la política oficialista y en la ilusión de que finalmente se impondrá la necesidad de construir consensos, en los que el oficialismo descree, cifra Rodríguez Larreta su esperanza de encontrar un terreno donde levantar un espacio capaz de competir con el oficialismo dentro de un años.

Está claro que, de conformarlo, no contará con muchos de quienes habían sido hasta hace muy poco sus compañeros de ruta. Sin embargo, aún ni siquiera ha encontrado un terreno baldío donde imaginar ese nuevo edificio y mucho menos hallado los aspirantes a habitarlo.

Santilli, en cambio, exhibió un rosario de expresiones complacientes hacia el Gobierno y eludió cualquier posición crítica en las entrevistas que concedió últimamente. Tanto que logró sorprender a algunos de sus interlocutores frecuentes, que lo han escuchado en privado exponer visiones más críticas o más escépticas sobre el Gobierno y, especialmente, sobre la capacidad de gestión. El exvicejefe de gobierno porteño es de los que creen que no hay más espacio que para colaborar con el oficialismo y que al final del día todo terminará en una alianza o en un acuerdo con los libertarios en el armado para las elecciones de 2025.

Santilli no es el primero ni el último de los dirigentes de Pro que sueña con un arreglo que Milei y, sobre todo, su hermana Karina, en el nuevo rol de armadora política, se empeñan en desalentar hasta dinamitar.

Los hermanos libertarios nunca vieron tan cerca la posibilidad de quedarse a bajo precio con buena parte de la dirigencia amarilla, convencidos de que el capital electoral ya se lo arrebataron. Hasta parecen decididos a construir una oposición a medida, como indica el manual del populismo que dicen no profesar, pero practican.

En ese punto se encuentra el conflicto dilemático que desvela a Macri (Mauricio) en su operativo retorno a la conducción de Pro. No solo su espacio ya cambió demasiado en su composición, sino que ya no representa lo que alguna vez fue, porque su pasado cuenta y la sociedad mutó mucho. Gran parte de los componían su voto duro ahora son votantes fieles de Milei.

El tratamiento inminente de lo que fue la ley ómnibus, de la que Larreta dijo en la Universidad de Columbia que quedó reducida a “un taxi o, mejor, a una bicicleta”, será la puesta en escena de esas complejidades que enfrenta la oposición.

Más allá de algunas letras chicas, todavía por escribirse con tinta indeleble, el camino hoy asoma casi liberado para el Gobierno en general. Pero nada está cerrado y aunque el Presidente necesita tener con urgencia una ley propia, pueden aparecer novedades. Todos están mirando este desenlace. Desde afuera y desde adentro.

Ninguno de los problemas centrales del país está resuelto y aunque el crédito social sigue abierto (para desconcierto de los opositores) quedan tiempos muy difíciles por afrontar. Con el agravante de que el mundo ofrece un horizonte cada día menos despejado.

Un mundo más complicado

La abrupta vuelta al país del Presidente Wolverine, el superhéroe irascible ante los que se le oponen, expuso la fragilidad del terreno en el que lo toca moverse.

La alineación con los Estados Unidos y su apoyo sin matices al gobierno de Israel ponen más cerca del país el agravado conflicto de Medio Oriente, en un contexto mucho más complejo que el que en los años 90 se involucró la Argentina de Carlos Menem, en su condición de aliada extra-OTAN.

La denunciada presencia de células proiraníes en el vecindario obligan a elevar los niveles de alerta. El reciente fallo de la Justicia que confirmó la responsabilidad de Irán en el atentado contra la AMIA, hace 30 años, y los decididos gestos de Milei en apoyo del gobierno de Benjamin Netanyahu (incluida su polémica intención de mudar la embajada argentina de Tel Aviv a Jerusalén), ponen al país y al gobierno nacional en el escenario del conflicto en curso que tiene en vilo al mundo entero.

No es un dato menor que el único país de América Latina mencionado por el embajador de Israel ante la ONU en la tensa sesión especial realizada a raíz del ataque de Irán fue la Argentina y remitió, precisamente a aquel fallo judicial. Lo hizo después de advertir que Irán “está más cerca que nunca de la bomba nuclear”.

La unipolaridad y la hegemonía estadounidense de la década del 90 hace tiempo que han dejado de existir. La multipolaridad de esta época tiene arraigo en la Argentina, no solo en el plano de las relaciones y el comercio internacionales, sino también en el de la dependencia financiera.

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El viaje que hasta este sábado, antes del ataque iraní, tenía previsto realizar la canciller Diana Mondino a China expresa estas particularidades. Después de los recientes gestos de reafirmación del alineamiento con los Estados Unidos, que incluyeron críticas y demanda de límites a la presencia china en el país, el Gobierno necesita y busca hacer control de daños. En primer lugar, procura sostener la continuidad del crédito, conocido como swap, ante los vencimientos por venir, que de alterarse las condiciones vigentes o suspenderse, complicarían el plan en curso de recomposición de las reservas. También, se busca evitar efectos sobre las exportaciones, que en lo inmediato no lo tendrían, pero que en un futuro próximo podrían resentirse. No hay margen para errores.

El vacío que la política local le opone a Milei contrasta con las complejidades a las que lo enfrenta la realidad. Es la diferencia esencial que existe entre estar en campaña y gobernar. Y no hay superhéroes. Como en la ficción.

Por fmluzucom