Tres minutos para sobrevivir: el relato del Comodoro Mauad sobre el Canberra en Malvinas

Nov 30, 2020

El bombardero, de origen inglés, tuvo un desempeño estratégico durante la guerra y uno de sus pilotos recuerda: “Nosotros volvimos a nacer. Fueron muchas cosas, y muy peligrosas, en una noche”. Por Patricia Fernández Mainardi

El Diario - Los Mk-62 Camberra “Murcielagos”

“Debíamos mantener la alerta durante toda la noche e intentar atrapar a uno de los Canberras, ya que representaban la mayor amenaza para las tropas en tierra”, relata durante una entrevista, el oficial inglés Charlie Cantan, del HMS Invincible. Los relatos del enemigo revalorizan las hazañas de los soldados argentinos durante la Guerra de Malvinas y transmiten orgullo por nuestros Veteranos, en particular por los de la Fuerza Aérea Argentina (FAA).

En 1999, el Canberra quedó fuera de servicio. Sin embargo, durante casi 30 años, fue uno de los elementos ofensivos de la Fuerza Aérea Argentina. En la actualidad, no solo se celebra su 50 aniversario, sino que se recuerda el coraje con el que volaron los pilotos en Malvinas.

El comodoro (retirado) y Veterano de Guerra, Antonio José Mauad es uno de los héroes de aquella batalla que tiene algo para contar. Se sienta frente al grabador dispuesto a hablar sobre el Canberra en Malvinas, sin embargo, durante la charla también cuenta que fue edecán del ex presidente Carlos Menem y director de la Escuela de Guerra de la Fuerza Aérea. Además, menciona que es descendiente directo de libaneses. En sus palabras, se aprecia su pasión por los aviones.

“Llegué a hacer 700 horas de vuelo en el Canberra”, cuenta Mauad. Sobre la aeronave de origen inglés, el comodoro asegura que es uno de los aviones más importantes que tuvo la Fuerza Aérea, sin embargo, comenta que nunca tuvo la misma publicidad que los A4 o los Mirage. “Es especial porque es un bombardero puro, lo único que llevaba eran bombas. Incluso, en la guerra, los británicos le tenían temor al bombardeo nocturno. Ellos no pensaban, pese a ser inglés, que podían hacerlo durante la noche. Una vez que aparecían, eran cinco bombas de mil libras por cada Canberra. Tienen una capacidad de destrucción de una manzana”, resume.

El oficial también cuenta que él estaba destinado en la Escuela de Aviación, en Córdoba, cuando fue convocado a Paraná para desplegarse en el Sur con los Canberra (el avión que él había volado hasta antes de hacerse cargo de su nuevo puesto de instructor). “En principio, operábamos desde la base de Trelew. Después, íbamos a Río Gallegos y de ahí cruzábamos -para atacar- a Malvinas”, relata el comodoro, quien, por entonces, tenía el grado de primer teniente y unos 30 años.

“Nosotros nos habíamos preparado para eso toda la vida. Y, si bien no estábamos acostumbrados a volar sobre el mar, cuando llegamos a Trelew comenzamos a entrenar. Lo cual se pudo hacer porque el avión es muy estable”, comenta.

LOS DÍAS EN LA PATAGONIA

¿Cómo recibió la noticia de la recuperación aquel 2 de abril? Mauad y sus compañeros estaban haciendo un curso en la Escuela de Guerra. “Nos enteramos por los diarios. Fue una sorpresa. A partir de entonces, se suspendió el curso y cada uno volvió a sus unidades y esperó la orden para ser desplegados”, cuenta.

En cuestión de días, Mauad fue convocado para volar a los Canberra y partió junto a la Unidad de Paraná con destino hacia Trelew: “Fue un despliegue logístico muy grande, tanto en tierra como en aire”. Describe que una de las primeras misiones que tuvo la aeronave fue la de destruir un barco petrolero que iba hacia las Islas: “Le tiraron dos bombas de mil libras que no explotaron, quedaron adentro del barco. Era imposible desarmarlas, así que lo tuvieron que hundir frente a la costa de Río de Janeiro”.

Cuando Antonio Mauad partió rumbo a la guerra, estaba casado y tenía 3 hijos. Por teléfono, y a miles de kilómetros de distancia, se enteró que iba a ser padre de un cuarto hijo. Sin embargo, supo que aquella noticia no debía interferir en las misiones. Las tropas argentinas en las Islas dependían del apoyo de fuego del Canberra. “Estaba haciendo lo que tenía que hacer. No debía parar para pensar y, si bien quería volver, uno sabía que en cada vuelo uno corría un riesgo, era una posibilidad”, confiesa.

“El 1ro de mayo, el día de bautismo de fuego de la FAA, salieron 6 Canberras desde Trelew hacia Malvinas. A mitad de camino se encontraron con la flota inglesa. Ahí tuvieron que pegar la vuelta porque era imposible enfrentarla. Salieron las aeronaves desde el portaviones y, en esa oportunidad, derribaron a un Canberra. Perdimos al piloto y al navegador”, recuerda.  Fue un momento de mucha tristeza, sin embargo, debieron continuar con las misiones. En tierra, los pilotos argentinos parecían vivir todas las emociones, pero, una vez arriba de las aeronaves, las dejaban abajo. “Te subís al avión y te olvidas de todo. Sabes qué es lo que tenes que hacer y que eso requiere concentración. Nosotros, cuando salíamos, ya sabíamos donde teníamos que tirar las bombas”, explica el Veterano que llegó a tener cinco cruces hacia las Islas.

Como detalla el comodoro, el Canberra volaba en altura y, durante la noche, a vuelo rasante. “Era una locura, pero uno tenía un radioaltímetro y con eso sabíamos que íbamos a 200 pies, luego manteníamos la altura y la velocidad. Exigía mucha concentración”, detalla. Además, previamente, estudiaban el terreno por donde iban a volar. Y, junto al piloto, se ubicaba el navegador quien, además, preparaba el panel de armamento para lanzar las bombas. “No había tanto miedo, por supuesto que uno lo tiene, pero en ese momento uno va volando. Cuando estábamos a 3 o 5 minutos del blanco debíamos concentrarnos para lanzar las bombas y escapar. Luego, teníamos 4 minutos para escapar”, cuenta.

Con el pasar de los días, cuando los ingleses advirtieron que los ataques nocturnos eran realizados por los Canberra, desplegaron los portaaviones más cerca del continente: “Lograron derribar a dos. Uno con un Harrier y otro con un misil. En este último, perdimos al navegador que no pudo eyectarse. Al piloto, eyectado, lo rescataron los ingleses. Lo interrogaron muchísimo porque no entendían la precisión con la que disparaban los Canberra, un avión que ellos mismos habían fabricado. Si bien nosotros nunca habíamos realizado un bombardeo nocturno y preciso, nos adiestramos y pudimos explotar esa capacidad”.

LA NOCHE DEL 5 DE JUNIO

“Mi navegador era el primer teniente Raúl Acosta. La noche del 5 de junio de 1982 salimos, en altura, para bombardear el Monte Kent. Estábamos volviendo, hacia el sur, cuando vimos que nos tiraban”, recuerda Mauad y dice que lo que vivió ese día lo marcó para siempre.

El avión de adelante, el del capitán Alfredo Raúl Bredeston, entró en turbulencia e hizo un viraje. “Nosotros entramos en el tirabuzón. Cuando logré salir, noté que tenía un motor plantado. Debía tomar una decisión: ¿qué hago con un solo motor, voy a las Islas o vuelvo al continente? Solo teníamos una hora de vuelo con ese único motor. En ese momento de escape, eyecté los tanques y me dirigí a la Antártida. Volé durante tres minutos, que son aproximadamente 20 millas”, relata. Aquella jornada, mientras eso ocurría, su navegador le pidió que ponga rumbo oeste para regresar al continente: “Le dije que no. Que íbamos a mantenernos así hasta alejarnos de la zona”.

Apenas ocurrió el ataque, mientras iba rumbo al sur, un Harrier salió en su búsqueda. “Por suerte yo estaba escapando a mucha velocidad. Aún conservo, en mi correo, los relatos del piloto británico”, agrega.

“Cuando vi que la cosa estaba calma, pude evaluar si había alguna otra falla o si me habían pegado. Entonces puse rumbo hacia Río Gallegos”, narra Mauad. También comenta que, al Canberra que volaba, le habían puesto un radar meteorológico, una modificación que volvía muy inestable al avión cuando éste iba a baja velocidad: “Cuando llegué a Gallegos, eran las 5 de la mañana. Como no iba alto, pensé en hacer un circuito más. Di motor, el avión levantó la nariz y se tendió a invertir. Así que corté el motor y lo tiré sobre la pista. Toqué con el tren derecho y un fusible quedó un poco para adentro. El avión frenó a 50 metros de los cables de alta tensión. Siguió activo y a la semana estaba volando otra vez”.

A casi 39 años de aquel episodio, con su navegador, Raúl, se contactan y celebran como si fuera el cumpleaños de ambos. “Esos tres minutos fueron eternos. La madre de Acosta siempre me dice “vos salvaste a mi hijo”. Yo le contesto que me estaba salvando yo y que su hijo estaba conmigo”, bromea. Sabe que ese instante lo marcó para siempre. En tan solo 3 tres minutos se libró una batalla entre la vida y la muerte y, por suerte, ganó la primera: “Acosta vive en Villa Carlos Paz. Todos los 5 de junio nos llamamos y, en algún momento, nos encontramos y brindamos por nuestro aniversario. Nosotros volvimos a nacer. Fueron muchas cosas, y muy peligrosas, en una noche”.

ERA CUESTIÓN DE TIEMPO

El Canberra cumplió su última misión el 13 de junio de 1982. Mauad se preparaba para salir en uno de los vuelos cuando suspendieron las actividades porque había tenido lugar la rendición. “Se sintió una gran frustración. Uno había hecho todo lo posible, pero no se pudo alcanzar. Nosotros veíamos que cada vez era más difícil realizar el ataque, porque también era más precisa la defensa antiaérea. Era inevitable pensar que iba a llegar el momento, era cuestión de tiempo”, se lamenta el Veterano de la Fuerza Aérea.

¿Cómo fue el regreso? Mauad volvió a Córdoba, donde estaba su familia. Su hijo mayor apenas tenía 7 años. Su mamá había viajado desde Buenos Aires para acompañar y ayudar a su familia. “El reencuentro fue una alegría muy grande, uno después piensa en todo lo que pasó o lo que podría haber pasado. Fue durísimo para todos. Además, ellos veían las noticias. Los temores y las angustias que debieron haber pasado. Fue lindo volver a casa y encontrar a todos bien, uno valora mucho eso porque, en plena operación, yo no tuve tiempo de pensar en tantas cosas”, recuerda.

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